No hace mucho salió un informe en el que decían que el 22% de los trabajadores había exagerado en algo a la hora de realizar el proceso de selección para el trabajo en el que estaba en ese momento. Principalemnte en el echo de que dominaban un segundo idioma cuando realmente poseían pocos conocimientos.
Pero bueno, de exagerar a mentir creo que va un largo trecho, porque cierto es el refrñan que dice que “se coge primero a un mentiroso que a un cojo”, por lo tanto en el día a día laboral, no tardarías ni dos horas en ser descubierto y en que salieran a la luz tus carencias de las que en la entrevista de trabajo presumiste.
Esto me lleva a pensar en una cosa. ¿Es bueno ser totalmente sincero en un proceso de selección?


¿Eres de los que piensan que si una puerta se cierra, otras se abrirán, con las que aprenderás a poner a prueba tus propias capacidades?.
Cuando hablamos de líderes y de liderazgo, tanto en las organizaciones como en la vida actual lo asociamos automáticamente a los altos ejecutivos y puestos gerenciales. Suscita ante todo respeto y cierta aura de misticismo. Tenemos desde pequeños en nuestra cabeza unos paradigmas (como dice Stephen Covey) en los que siempre vemos al “líder” como el centro de todo, con una personalidad magnética, arrolladora, con carisma, que es capaza de llevar a sus seguidores a grandes actuaciones y de fácil reconocimiento, fama y admiración.
Hoy creo que me he dado cuenta de una posible nueva clasificación aplicada al mundo laboral que reconozco que me ha gustado mucho.
Ya hablé alguna vez sobre la idea de que en internet, nada es secreto. Desde el momento que abres tu blog, te conviertes en un personaje más o menos público. En el post que hice de “¡¡¡Por su blog… lo conoceréis!!!” abría un tema realmente escabroso que hoy retomo en plan de reflexión veraniega.
































