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Predicar con el ejemplo….

Autoreflexión

Hoy he decidido despues de ver un post en el blog de mi amigo Senior Manager que es el momento de hacer un alto en el camino. Me explico. Siempre me ha gustado daros consejos, mostraros mis vivencias y mis opiniones. Muchas veces incluso he de reconocer que ocurre lo que se conoce como “haz lo que yo diga y no lo que yo haga”. Y es por lo tanto el momento de hacer caso a todo lo que he estado publicando ultimamente.

Recientemente os he estado hablando de la atención, de la importancia de los detalles, de como se debe de ser asertivo en el mundo actual, proactivo, como ser optimista y superar los temores, de como debe actuar uno para automotivarse y superar los problemas diarios.

Y he llegado a la conclusión que lo mejor que podía hacer en este momento es “mi propio acto de reflexión“. Todo para que no creais que se predica en el desierto, sino que a la vez que publico mis opiniones e deas, también intento fortalecerlas.

He realizado un test da actitudes y comportamientos laborales al que uno mi autoreflexión de mi forma de ser. Probablemente no sea un ejemplo perfecto a seguir, pero lo intento, aunque surjan obstáculos todos los días.

¿Cómo me veo yo y como me dice el test que soy?

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El Síndrome de “Cronos”

Cuenta la mitología que el dios Cronos tenía tanta sed de poder que atentó contra su padre Urano con la intención de ocupar su lugar, ya que éste era el amo y señor del universo. Urano mal herido, le maldijo a experimentar la misma suerte en manos de sus hijos, por lo que Cronos decidió devorarlos al nacer.

Esta historia mitológica llevada al ámbito de la empresa es a lo que los sesudos expertos en RRHH llaman síndrome de Cronos, es decir el miedo patológico a ser desplazados, surgido por la necesidad de mantenerse seguro y no ser alcanzado por alguien que atente contra él. Por ello y para evitar a cualquier coste la posibilidad de ser desplazado, cercan su territorio para evitar mostrar sus debilidades, carencias, temores o perder su poder delante de quienes se lo han otorgado, por lo que orientan todos sus esfuerzos a evitar que algunos subordinados puedan atentar en contra de la estabilidad de su puesto, no demostrando por consiguiente un comportamiento ejemplar o ético.

Este “miedo a ser desplazados” hace que muchos jefes sientan vértigo a delegar, porque piensan que si dejan ‘hacer’ demasiado, pueden ver peligrar su puesto, sin pensar que a las personas que les apasiona el control destruyen el talento, buscan la sumisión y la obediencia y no el compromiso.

¿Acaso un jefe debe saber de todo? Vale, de acuerdo… es cierto. Hay jefes que son de otra raza y que ni siquiera necesitan comer porque son muy duros/as. Sin embargo, el permanente ejercicio de delegar, de repartir juego, de despojarnos de algunas de nuestras atribuciones para irlas cediendo a otros es, en primer lugar, de lo más saludable y razonable. En segundo lugar, delegar es, además, de justicia: “no por mucho acaparar nos moriremos más tarde…”. Del mismo modo de que nadie se lleva sus riquezas a la sepultura, es incontestable que tampoco nadie, se lleva sus tareas a la tumba… Por consiguiente, es justo que, a medida que pasan los años, tengamos la decencia y la generosidad de enseñar a otros lo que de otros aprendimos en su día; enseñar lo que sabemos, lo que tenemos bien experimentado y cuando consideremos que la transmisión ha culminado con éxito, le pongamos la guinda delegando tareas, funciones, responsabilidades y decisiones.

De este modo, tal vez no tengamos que llegar a la terrible encrucijada de delegar o cascar de agotamiento.