Durante años hemos explicado muchas limitaciones por falta de tiempo, información o capacidad para procesarla. La inteligencia artificial está empezando a cambiar esa ecuación. Y quizá la pregunta importante ya no sea qué hará la IA, sino qué seguiremos dejando de hacer nosotros.
La excusa del tiempo
“No tenemos tiempo.”
Probablemente sea una de las frases más repetidas en cualquier organización.
No hay tiempo para analizar.
No hay tiempo para preparar.
No hay tiempo para comparar.
No hay tiempo para responder.
No hay tiempo para personalizar.
La inteligencia artificial no va a solucionar todos esos problemas.
Pero puede reducir el tiempo necesario para algunas tareas.
Y eso cambia las reglas.
La información ya no es el principal problema
Durante mucho tiempo, tener información era una ventaja.
Encontrarla costaba.
Ordenarla costaba.
Compararla costaba.
Procesarla costaba.
Ahora muchas de esas tareas pueden hacerse mucho más rápido.
Eso no significa que la información sea automáticamente conocimiento.
Ni que una IA tenga siempre razón.
Pero sí significa que algunas de las barreras que utilizábamos para explicar por qué no analizábamos algo están desapareciendo. Ojo, tener más información no significa entender mejor.
La nueva pregunta
Si una herramienta puede ayudarnos a resumir miles de páginas, comparar documentos, detectar patrones, preparar alternativas o automatizar determinadas tareas, aparece una pregunta incómoda:
¿Qué haremos con el tiempo que hemos recuperado?
Porque disponer de una herramienta más potente no garantiza que utilicemos mejor nuestro tiempo.
Podemos utilizarlo para producir todavía más documentos.
Más correos.
Más reuniones.
Más presentaciones.
Más contenido.
Y no cambiar absolutamente nada importante.
La IA también puede aumentar la burocracia
Existe incluso una paradoja. Lo primero que debemos de interiorizar es que la tecnología no siempre significa productividad.
Si utilizamos la inteligencia artificial para producir documentos más rápidamente, podemos terminar creando todavía más documentos.
Si automatizamos respuestas, podemos generar más comunicaciones.
Si hacemos más sencillo producir informes, podemos terminar exigiendo más informes.
La tecnología puede hacer más eficiente una mala práctica.
Y eso ya lo hemos visto antes.
Digitalizar un procedimiento innecesario no lo convierte en necesario.
Lo hace más rápido. Sin duda ayuda a gestionar mejor el talento.
La verdadera ventaja seguirá siendo humana
La inteligencia artificial puede procesar.
Puede comparar.
Puede redactar.
Puede sugerir.
Puede ayudar a analizar.
Pero sigue siendo necesario decidir qué problema merece atención.
Qué objetivo queremos conseguir.
Qué información es relevante.
Qué riesgos estamos dispuestos a asumir.
Qué decisión debemos tomar.
Y, sobre todo, quién responde por ella.
La tecnología puede ampliar nuestra capacidad.
No puede sustituir nuestra responsabilidad.
El riesgo de utilizar la IA como una nueva excusa
Podríamos terminar diciendo:
“La IA lo ha hecho.”
Como antes decíamos:
“Lo dice el informe.”
“O lo ha decidido el sistema.”
“O así lo establece el procedimiento.”
Pero ninguna herramienta debería convertirse en una manera de evitar la responsabilidad.
Una decisión asistida por IA sigue siendo una decisión.
Un error producido con ayuda tecnológica sigue necesitando una respuesta.
La cuestión no es si la IA nos sustituirá
Quizá la pregunta más interesante sea otra.
¿Qué tareas que hoy consideramos inevitables dejarán de serlo?
¿Qué procesos desaparecerán?
¿Qué puestos tendrán que transformarse?
¿Qué organizaciones podrán hacer más con los mismos recursos?
Y, sobre todo:
¿qué haremos cuando ya no podamos utilizar la falta de tiempo o de información como explicación para no hacer determinadas cosas?
La inteligencia artificial no va a resolver nuestra incapacidad para decidir.
Tampoco nuestra falta de responsabilidad.
Ni nuestra tendencia a complicar procedimientos.
Pero puede hacer algo mucho más incómodo.
Puede dejarnos con menos excusas.
La verdadera revolución de la inteligencia artificial quizá no sea que las máquinas hagan más cosas. Quizá sea que cada vez resulte más difícil explicar por qué nosotros seguimos sin hacer las que ya podemos hacer.


