Hemos convertido la resiliencia en una excusa
Nos hemos acostumbrado a pedirle a la gente que sea resiliente.
Al trabajador que pierde su empleo. Al autónomo que encadena meses complicados. Al agricultor que afronta otra campaña incierta. Al pequeño empresario que intenta mantener abierto su negocio. Al joven que no encuentra vivienda. Al pueblo que pierde servicios. A quien espera un tren que no llega. A quien necesita una cita que tarda demasiado.
A todos les decimos lo mismo: hay que adaptarse, resistir, reinventarse, mirar hacia adelante.
¡¡Resiliencia!!
La palabra se ha convertido en una de esas expresiones que utilizamos tanto que hemos terminado por vaciarla de significado.
Porque una cosa es pedir capacidad de adaptación ante una dificultad extraordinaria y otra muy diferente convertir la capacidad de soportar dificultades permanentes en una virtud obligatoria.
La capacidad de seguir adelante ante las dificultades siempre ha sido valorada como una virtud.
Y creo que estamos empezando a confundir ambas cosas.
Una sociedad resiliente es, en principio, una sociedad capaz de sobreponerse a una crisis. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos por qué esa sociedad necesita sobreponerse constantemente a problemas que no deberían ser normales.
Si un tren llega tarde una vez, puede ser una incidencia.
Si llega tarde continuamente, tenemos un problema de servicio.
Si una administración tarda excepcionalmente en resolver un expediente, puede ser una circunstancia puntual.
Si los ciudadanos tienen que aprender durante meses a moverse entre formularios, certificados, subsanaciones y plataformas que no siempre funcionan, quizá el problema ya no sea la falta de resiliencia del ciudadano.
Sería necesario una adecuada trasparencia y acceso a la información pública.
Quizá sea la administración.
Y esta diferencia es importante.
Porque hemos creado una especie de inversión de responsabilidades en la que quien sufre las consecuencias del problema termina siendo quien tiene que demostrar su capacidad para soportarlo.
Al territorio rural le pedimos resiliencia mientras pierde población.
A los pequeños municipios les pedimos resiliencia mientras pierden servicios.
A los jóvenes les pedimos resiliencia mientras encuentran cada vez más dificultades para acceder a una vivienda.
A los trabajadores les pedimos resiliencia mientras aumentan las incertidumbres.
A las empresas les pedimos resiliencia mientras navegan por una burocracia que muchas veces parece diseñada para poner a prueba precisamente eso: su capacidad de resistencia.
Y a todos les decimos que hay que adaptarse.
Pero adaptarse no puede convertirse en la palabra elegante que utilizamos para justificar que las cosas no cambien.
Porque también existe una resiliencia perversa.
Es aquella que aparece cuando una sociedad aprende a convivir con lo que debería exigir que se solucionara.
Nos acostumbramos al retraso.
Nos acostumbramos a la burocracia.
Nos acostumbramos a que determinadas inversiones nunca lleguen.
Nos acostumbramos a que algunos territorios tengan menos oportunidades.
Nos acostumbramos a que determinados servicios sean peores.
Nos acostumbramos incluso a que los problemas regresen una y otra vez con nombres diferentes y soluciones prácticamente idénticas.
Y entonces ocurre algo peligroso: dejamos de considerar extraordinario aquello que se ha convertido en habitual.
El ciudadano se vuelve resiliente.
Pero el sistema no mejora.
Esta contradicción debería hacernos pensar.
Porque quizá una administración eficaz no sea aquella que consigue que sus ciudadanos aprendan a soportar sus ineficiencias, sino aquella que trabaja para que cada vez tengan menos cosas que soportar.
No necesitamos ciudadanos capaces de hacer frente a cualquier problema. Centrémonos en aquello que podemos cambiar.
Necesitamos instituciones capaces de resolver una parte importante de esos problemas.
No necesitamos que un joven sea extraordinariamente resiliente para aceptar que no puede independizarse.
Necesitamos que pueda encontrar condiciones razonables para hacerlo.
No necesitamos que un pequeño empresario sea un héroe para sobrevivir a cada trámite.
Necesitamos que emprender no se convierta en una carrera de obstáculos administrativos.
No necesitamos que un territorio rural sea infinitamente resistente.
Necesitamos que tenga las mismas oportunidades para desarrollar su futuro.
La resiliencia debería ser un recurso para afrontar las crisis, no una condición permanente para vivir con normalidad.
Y aquí aparece una cuestión que pocas veces nos hacemos: ¿cuánta resiliencia estamos exigiendo a la ciudadanía porque no estamos siendo capaces de mejorar los sistemas que deberían facilitarle la vida?
Quizá detrás de muchas de nuestras celebraciones sobre la capacidad de resistencia de la sociedad haya también un cierto fracaso institucional.
Porque resulta muy cómodo decir que una comunidad ha demostrado una extraordinaria capacidad para salir adelante.
Es mucho más incómodo preguntarse por qué tuvo que hacerlo.
Elogiar al pequeño comercio porque «resiste» puede resultar reconfortante.
Pero también deberíamos preguntarnos qué condiciones económicas, administrativas y sociales estamos generando para que pueda seguir abierto.
Admirar al pueblo que mantiene su escuela abierta es bonito.
Pero quizá deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que esa escuela no tenga que luchar cada año por sobrevivir.
Hablar de jóvenes resilientes es inspirador.
Pero también sería interesante saber qué estamos haciendo para que su única muestra de resiliencia no consista en marcharse.
No deberíamos convertir la capacidad de aguantar en el principal indicador de la fortaleza de una sociedad.
Una sociedad fuerte no es necesariamente aquella cuyos ciudadanos soportan más.
Puede ser aquella que consigue que tengan que soportar menos.
Y quizá haya llegado el momento de cambiar el discurso.
Dejar de preguntar continuamente cuánto puede aguantar la gente y empezar a preguntar cuánto podemos mejorar las condiciones en las que vive.
Porque hay problemas que exigen resiliencia.
Pero hay otros que exigen gestión.
Y cuando durante demasiado tiempo utilizamos la primera palabra para evitar hablar de la segunda, la resiliencia deja de ser una virtud.
Se convierte en una excusa.
Una excusa para pedir paciencia cuando debería haber soluciones.
Una excusa para pedir adaptación cuando debería haber reformas.
Una excusa para pedir sacrificios cuando debería haber resultados.
Y quizá la verdadera fortaleza de una sociedad no consista en conseguir que sus ciudadanos aguanten cualquier cosa.
Quizá consista precisamente en construir una sociedad en la que no tengan que hacerlo.

