Artículo de opinión del tema "tener razón"

Cuando tener razón importa más que solucionar el problema

Tener razón no siempre significa tener la solución. Nos hemos acostumbrado a convertir cada debate en una batalla por demostrar quién está equivocado, cuando quizá la pregunta verdaderamente importante debería ser otra: ¿qué podemos hacer para que el problema deje de existir?

Tener razón no es lo mismo que solucionar un problema

Hay discusiones que se ganan exactamente de la misma manera que se pierde un problema: demostrando que tenemos razón mientras nada cambia.

Nos hemos acostumbrado a discutir para vencer, no para entender. ¡Hay que discutir para entender!

Queremos tener razón en la política, en la educación, en el trabajo, en las redes sociales y hasta en las conversaciones cotidianas. Y cuando conseguimos demostrar que el otro se ha equivocado, sentimos que hemos ganado.

Aunque el problema siga exactamente donde estaba.

Quizá una de las cosas que más deberíamos revisar como sociedad sea precisamente esa: la necesidad de tener razón incluso cuando tenerla no sirve para solucionar nada.

 

Convertimos los problemas en competiciones

Una buena parte de nuestros debates se parecen cada vez más a una competición.

Hay dos posiciones.

Hay que elegir una.

Y, una vez elegida, hay que defenderla hasta el final.

Da igual que aparezcan nuevos datos. Da igual que el contexto cambie. Da igual que la realidad contradiga parcialmente nuestra posición.

Rectificar parece una derrota.

Matizar parece falta de convicción.

Reconocer que el otro puede tener una parte de razón parece una concesión inadmisible.

Así hemos conseguido algo bastante extraño: discutimos para demostrar que el otro está equivocado, en lugar de discutir para descubrir qué sería lo correcto hacer.

Y son dos cosas completamente diferentes.

El problema no desaparece porque ganemos la discusión

Imaginemos un ayuntamiento que debate durante meses sobre las causas de la pérdida de población.

Unos culpan a la falta de empleo.

Otros, a la ausencia de vivienda.

Otros, a los servicios públicos.

Otros, a las comunicaciones.

Otros, a la falta de oportunidades para los jóvenes.

Puede que todos tengan una parte de razón.

Pero si después de meses de debate seguimos sin conseguir que una familia quiera quedarse, que una empresa quiera instalarse o que un joven encuentre una oportunidad para desarrollar su proyecto de vida, ¿qué hemos solucionado?

Nada.

Hemos ganado una discusión.

Hemos perdido el objetivo.

Y esto ocurre mucho más de lo que queremos reconocer.

En educación también nos sucede

Lo hemos visto estos días con el debate sobre los resultados educativos.

Ante unos malos resultados, rápidamente aparecen explicaciones que buscan tener razón.

Unos señalan a las pantallas.

Otros a los móviles.

Otros a las leyes educativas.

Otros a los profesores.

Otros a las familias.

Otros a la falta de esfuerzo.

Otros a la organización del sistema.

Probablemente algunas de estas explicaciones contengan parte de la verdad.

Pero existe una pregunta mucho más importante:

¿Qué hacemos para mejorar los resultados?

Porque saber quién tiene la culpa puede ser útil.

Pero saber qué funciona es imprescindible.

Podemos dedicar semanas a demostrar que la responsabilidad es de la anterior ley educativa, de la actual, de las familias, de los profesores o de los alumnos.

Mientras tanto, los alumnos siguen teniendo que aprender.

Y esa realidad no espera a que terminemos nuestra discusión.

La política también se ha acostumbrado a esto

Quizá uno de los lugares donde más claramente se observa esta dinámica sea en la política.

Una medida funciona mal.

El gobierno responsabiliza a la oposición.

La oposición responsabiliza al gobierno.

Unos recuerdan lo que hicieron los anteriores. Los otros recuerdan lo que prometieron los actuales. Al final, lo verdaderamente importante debería ser comprobar si las políticas alcanzan los objetivos para los que fueron diseñadas y si utilizan los recursos de forma eficaz y eficiente. Esa es precisamente la lógica de la evaluación de políticas públicas que desarrolla la AIReF

Se intercambian cifras.

Se buscan titulares.

Se rescatan declaraciones antiguas.

Y finalmente cada parte consigue demostrar que la otra tiene alguna responsabilidad.

¿Y después?

Muchas veces, seguimos exactamente igual.

Porque demostrar quién se equivocó no es necesariamente lo mismo que corregir el error.

De hecho, hay problemas en los que pueden coexistir varias responsabilidades.

Y reconocerlo no debería ser un problema.

Un país no mejora porque un partido consiga demostrar que el otro se equivocó.

Mejora cuando consigue corregir aquello que no funciona.

Expresar tener razón de forma airada
Expresar tener razón con enfado

Rectificar debería ser una muestra de inteligencia

Tenemos también un problema con la palabra rectificar. Reconocer los errores y seguir adelante.

La hemos convertido casi en un sinónimo de fracaso.

Como si cambiar de opinión después de conocer nuevos datos fuera una muestra de debilidad.

Debería ser exactamente al contrario.

Una persona que modifica su posición porque ha aparecido nueva información no está siendo incoherente.

Está aprendiendo.

Una empresa que abandona una estrategia porque los resultados demuestran que no funciona no está fracasando necesariamente.

Está corrigiendo.

Una administración que modifica una política porque la evaluación demuestra que no consigue los objetivos previstos no debería ser acusada automáticamente de improvisar.

Debería ser reconocida por corregir.

El verdadero problema no es cambiar de opinión.

El verdadero problema es mantener una decisión equivocada solo para no reconocer que nos equivocamos.

Las redes sociales han empeorado el problema

Las redes han introducido además un incentivo perverso.

La opinión más matizada suele tener menos recorrido que la más contundente.

«Depende» tiene menos posibilidades de convertirse en titular que «la culpa es de…».

«Hay varios factores» resulta menos atractivo que «el problema es…».

«Necesitamos más datos» genera menos reacciones que una conclusión inmediata.

Y así hemos construido un espacio público en el que la seguridad con la que alguien defiende una opinión puede parecer más importante que la calidad de los argumentos que utiliza.

No importa tanto tener razón como parecer que la tenemos. Esta confusión entre opinión, argumento y certeza ya la hemos abordado en otras ocasiones al hablar de la diferencia entre consejo y opinión.

Y eso es peligroso.

Porque cuando la conversación pública se convierte en una competición de certezas, cada uno empieza a seleccionar los datos que mejor defienden su posición.

Ya no buscamos información para saber.

La buscamos para confirmar.

También ocurre en las empresas

No es un problema exclusivo de la política.

En las empresas también podemos encontrar reuniones en las que cada departamento defiende su parcela.

Marketing culpa a ventas.

Ventas culpa al producto.

El producto culpa al mercado.

La dirección culpa a los empleados.

Los empleados culpan a la dirección.

Todos pueden tener argumentos.

Todos pueden aportar datos.

Y todos pueden salir de la reunión convencidos de haber defendido correctamente su posición.

Pero si el cliente sigue marchándose, las ventas continúan cayendo o el proyecto no funciona, poco importa quién haya ganado la discusión.

El mercado no reparte puntos por tener razón.

Reparte resultados.

Necesitamos recuperar el valor del «puede que tengas razón»

Hay una frase que deberíamos recuperar:

«Puede que tengas razón.»

No significa rendirse.

No significa aceptar cualquier argumento.

No significa renunciar a nuestras convicciones.

Significa reconocer que la realidad suele ser más compleja que nuestra propia explicación.

Puede que el otro tenga una parte de razón.

Puede que nosotros estemos equivocados en algún punto.

Puede que el problema tenga varias causas.

Puede que la solución necesite combinar varias perspectivas.

Y puede que, sencillamente, todavía no tengamos suficiente información.

Admitir cualquiera de esas posibilidades no nos hace más débiles.

Nos hace más racionales.

Porque los problemas no tienen ideología

Un problema de vivienda no sabe si quien lo padece vota a la izquierda o a la derecha.

Una lista de espera no pregunta qué partido gobierna.

Un joven que abandona un pueblo porque no encuentra oportunidades no lo hace para participar en un debate ideológico.

Un alumno que tiene dificultades para aprender tampoco espera a que los adultos decidamos quién tiene la culpa.

Los problemas tienen una peculiaridad que a veces olvidamos:

no entienden de nuestros argumentos.

Siguen ahí aunque consigamos demostrar que nuestra posición era correcta.

Por eso deberíamos medir mucho más nuestras decisiones por sus resultados y bastante menos por nuestra capacidad para justificar por qué las tomamos.

No todo consiste en tener razón

Quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta, no debería ser tan importante el tener razón siempre.

En lugar de preguntarnos constantemente:

«¿Quién tiene razón?»

deberíamos empezar a preguntarnos:

«¿Qué hacemos ahora?»

La primera pregunta busca un vencedor.

La segunda busca una solución.

La primera mira hacia atrás.

La segunda mira hacia delante.

La primera necesita un culpable.

La segunda necesita responsabilidad.

Y quizá esta última palabra sea la que más nos falta.

Porque asumir responsabilidad no significa necesariamente aceptar toda la culpa.

Significa preguntarse qué podemos hacer para que el problema deje de serlo.

Ganar una discusión no cambia la realidad

Podemos pasar horas demostrando que el otro se equivoca.

Podemos acumular datos, argumentos, titulares y declaraciones.

Podemos conseguir miles de apoyos en redes sociales.

Podemos salir de una discusión sintiendo que hemos ganado, sin tener razón.

Pero cuando se apagan las pantallas, la realidad sigue ahí.

La vivienda sigue siendo cara.

El pueblo sigue perdiendo habitantes.

El alumno sigue teniendo dificultades.

La empresa sigue necesitando clientes.

La administración sigue teniendo que prestar servicios.

Y el ciudadano sigue esperando resultados.

Por eso quizá deberíamos dejar de confundir tener razón con hacer las cosas bien.

No siempre coinciden.

A veces podemos tener razón y no solucionar nada.

Y otras veces podemos reconocer que estábamos equivocados y, precisamente por hacerlo, empezar a solucionar el problema.

Al final, los problemas no se resuelven dando la razón a nadie.

Se resuelven haciendo que dejen de existir.

Y quizá ese debería ser nuestro verdadero objetivo: no ganar tantas discusiones, sino conseguir que haya cada vez menos problemas que discutir. Tener razón no es siempre lo mejor.

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